“Yo no pedí ser oro. Ni siquiera ambicionaba ser plata. Me hubiera conformado con ser un metal sencillo y barato...” Con estas palabras se inicia la paradoja que el libro enseña. Una paradoja en la que el dolor humano y la fe gozosa se entrecruzan en una aparente confrontación que se resuelve felizmente.
Yo no pedí ser oro nos presenta una serie de reflexiones en la senda del sufrimiento emocional y físico que nos enfrentan de manera sorpresiva con interrogantes como: “¿por qué a mí?, ¿por qué Dios parece no responderme?, ¿por qué se me niega la paz si quiero servirle con fidelidad?
El Espíritu Santo, el poder sustentador del Señor y el afecto fraternal de los hermanos son en las situaciones difíciles los que refuerzan nuestra convicción de servicio y refrescan la compasión por la gente necesitada.
La autora descubre ante los ojos de la iglesia la realidad de que toda familia que quiera servirle va a tener que librar una guerra espiritual en la propia intimidad de su hogar, que va a desafiar profundamente nuestras vidas y la de nuestros hijos. Más aún, este libro es una expresión jubilosa de la esperanza y la confianza que tenemos los hijos de Dios: que de las alturas provendrán siempre fuerzas, aún en medio del dolor.